Una de la madrugada, el cielo medio nublado daba una tregua y permitía ver el esplendor con el que la Luna llena nos había obsequiado. A menos de 30 kilómetros las luces centelleantes del puente más alto de Sevilla, el Alamillo, nos saludaban en la lejanía. La presión, que meses antes había sentido en mi pecho, volvía a manisfestarse de forma inminente y más intensa si cabe.
En el coche, cuatro amigos deboran la carretera con el fin de encontrarse con los suyos. Un viaje largo de cuatro horas y media que habían hecho mella en dos de sus tripulantes los cuales dormían a pierna suelta. Momento que aprovechó el conductor para dirigirme una sutil pregunta ¿Has echado de menos Sevilla?... Rápidamente contesté "No, en absoluto, todo lo contrario". Refiriéndome a la presión que estaba sintiendo en el pecho.
Tras los últimos quilómetros mi preciada masa gris, mi intelecto, mi cerebro o conciencia (como queráis llamarlo) se dedicó a reafirma, con breves pensamientos, mi rotunda negativa por sentir la más mínima añoranza por esta ciudad. Ciudad la cual me ha visto crecer, y que me ha enseñado lo que hoy soy. Urbe en la que conviven mis familiares más queridos, mis sueños más bonitos y mis recuerdos más olvidados.
Tras una breve parada en mi dulce hogar, me dispuse rápidamente a reunirme con mi amigo Miguel el cual, minutos antes me había telefoneado para decirme que se encontraba en un pub tomando copas. De "muy malas ganas" fui a su encuentro, pues el cansancio era evidente en mi cuerpo. Tan pronto encontré aparcamiento en el casco antiguo de mi concurrida ciudad, me dispuse a caminar no más de un kilómetro. Entre naranjos y balcones llenos de flores, entre catedrales y palacetes, y entre calles vacías de gente y de ruidos, me surgió la

Caminé y pude ver ya a mi amigo, al que tanto echo de menos, y al resto del grupo. Un primer abrazo rápido y frío que me hizo sentir extranjero en mi casa. Luego la ronda de saludos, pero vino un segundo abrazo y ahora si que supe que estaba en casa. He dado pocos (o muchos) abrazos en mi vida, y puedo asegurar que este lo recordaré por mucho tiempo. . La imagen de aquel monumento tan significativo de mi pueblo, junto con el abrazo de mi amigo, me causaron un sentimiento que yo negaba tajantemente.
A la pregunta de ¿Has echado de menos Sevilla? respondo ahora que "Si.... Echo de menos mis conversaciones sobre lo divino y lo humano con el inmaduro del periodista, añoro las historietas y las charlas sinceras con el policía, extraño a mi médico personal y las consultas improvisadas (obligadas) en mitad de la calle, a mi foca bigotuda y sus abrazos, a la teniente y su sonrisa contagiosa...." (Y tantos otros que no nombro)
Este fin de semana ha sido de reencuentro, he salido dos días, lo cual es impropio de mi, y los dos días me he reído y he disfrutado. Y hoy, a punto de irme de nuevo a Madrid, nace el sentimiento "triste" de la marcha, de la partida, de la despedida. Por suerte, se que sólo es un hasta luego.
Sed buenos.