Echando un vistazo al pasado me he visto luchando con mis hermanos por conseguir pasear cogido de la mano de mi madre. Es lo que tiene ser tantos hermanos y que tu madre sólo tenga dos brazos. Recuerdo una mañana en especial, camino del colegio sin mis hermanos, sujetaba la mano de mi protectora, mi mejilla sonrojada por el frío invierno buscaba la fricción de su brazo. El sonido de sus tacones al andar aún resuena en mi cabeza, sus largas piernas enfundadas en unas botas altas de color marrón, su falda, su sensual contoneo, su delicadeza al colocarme la bufanda, sus besos en la puerta del colegio. Era, es y será siempre hermosa.
Sus cabellos rizados, el movimiento de sus caderas al oír un fandango, una bulería o una rumba, sus besos para despertarnos, su voz relajante susurrando detrás de la oreja mientras nos dormía, sus gritos, sus bocados dulces en el cuello, sus dolorosos pellizcos eran los únicos que hacían llorar de risa, las carreras
por el interminable pasillo de Santa Fé, los juegos continuados, sus enseñazas, su paciencia…
Claro que se enfadaba, y con razón, y por supuesto que alguna que otra vez un bofetón nos dio, y sin embargo, a nadie se nos ocurrió denunciarla. Ninguno hemos tenido trauma alguno ni nada por el estilo. No podíamos imaginarnos vivir sin ella. Pero hoy esto ha cambiado, un grupo de eruditos sin hijos, consideran que saben más que la vida misma y son capaces de afirmar que a un hijo jamás se le debe de pegar ni castigar. Así nos va.
Hoy esa mujer de zancada larga y paso ligero sigue al pie del cañón, cuidando de sus hijos, susurrando en sus oídos palabras de ánimo, ya no los viste ni les hace de comer, ni los saca a jugar. Ya no les cura las heridas de las caídas, sino que les reconforta el corazón con palabras sabias, llenas de experiencia, de sufrimiento y por supuesto, de mucho amor. Hoy ya no corre tras ellos sino tras sus nietos, los cuales son los que consiguen alegrarle el día en estos tiempos oscuros que por desgracia les ha tocado vivir. Y hoy yo, con mis treinta años, sigo luchando (con mis sobrinos) por conseguir pasear agarrado de la mano de mi protectora, sigo acercando la mejilla a su mano en busca de su calor, y sigo acudiendo a ella para que me de uno de esos pellizcos que sólo ella sabe dar.
Sed buenos
Sus cabellos rizados, el movimiento de sus caderas al oír un fandango, una bulería o una rumba, sus besos para despertarnos, su voz relajante susurrando detrás de la oreja mientras nos dormía, sus gritos, sus bocados dulces en el cuello, sus dolorosos pellizcos eran los únicos que hacían llorar de risa, las carreras

Claro que se enfadaba, y con razón, y por supuesto que alguna que otra vez un bofetón nos dio, y sin embargo, a nadie se nos ocurrió denunciarla. Ninguno hemos tenido trauma alguno ni nada por el estilo. No podíamos imaginarnos vivir sin ella. Pero hoy esto ha cambiado, un grupo de eruditos sin hijos, consideran que saben más que la vida misma y son capaces de afirmar que a un hijo jamás se le debe de pegar ni castigar. Así nos va.
Hoy esa mujer de zancada larga y paso ligero sigue al pie del cañón, cuidando de sus hijos, susurrando en sus oídos palabras de ánimo, ya no los viste ni les hace de comer, ni los saca a jugar. Ya no les cura las heridas de las caídas, sino que les reconforta el corazón con palabras sabias, llenas de experiencia, de sufrimiento y por supuesto, de mucho amor. Hoy ya no corre tras ellos sino tras sus nietos, los cuales son los que consiguen alegrarle el día en estos tiempos oscuros que por desgracia les ha tocado vivir. Y hoy yo, con mis treinta años, sigo luchando (con mis sobrinos) por conseguir pasear agarrado de la mano de mi protectora, sigo acercando la mejilla a su mano en busca de su calor, y sigo acudiendo a ella para que me de uno de esos pellizcos que sólo ella sabe dar.
Sed buenos